Conclusión
Conclusion
En este libro hemos abordado algunos de los principales argumentos a favor de la existencia de Dios, con especial atención a los argumentos de la contingencia. Hemos trazado cuidadosamente la historia de estos argumentos y hallamos un grado asombroso de acuerdo entre las mentes más grandes que ha conocido la historia sobre la eficacia de tales líneas de razonamiento. Dedicamos especial atención al argumento Burhān formulado por Ibn Sīnā, que ofrece razonamientos teológica y filosóficamente irrebatibles, adecuados para su uso en contextos apologéticos y pastorales. A lo largo del libro (y especialmente en el capítulo 5), tratamos algunas de las principales objeciones presentadas contra el argumento. Hemos demostrado que prácticamente todas estas objeciones fueron de alguna manera anticipadas por los primeros formuladores del argumento. Además, el libro consideró las aportaciones de los llamados "Nuevos Ateos" a este debate. Halló que, en lugar de ofrecer contribuciones valiosas, muchas de estas figuras contemporáneas solo han demostrado tratamientos equivocados o descuidados de la materia. La falta de conocimiento de lo que los Nuevos Ateos dicen sobre el argumento Burhān o sus variantes —en internet, en sus publicaciones más famosas o en otros lugares— sugiere que tales figuras nunca han tenido que enfrentarse a esta línea de interrogación por parte de un creyente. Con los cambios demográficos y el crecimiento del agnosticismo, lo que está en juego es demasiado importante como para no introducir este tipo de argumentos en los ámbitos de la apologética y la polémica. Teniendo en cuenta las tendencias demográficas actuales, la teología misma como disciplina puede perder relevancia (en el Reino Unido en particular), sobre todo si la premisa primera de la disciplina, es decir, la existencia de Dios, no puede defenderse de manera adecuada. Dicho esto, hemos visto a través de los escenarios hipotéticos de cada capítulo que un enfoque frío y puramente racional nunca puede ser suficiente por sí solo. Para que el detractor ateo se sienta realmente cómodo con los argumentos presentados, normalmente necesitará sentirse cómodo también con la persona que los presenta. Aunque personalmente no conozco ningún estudio psicológico formal sobre este asunto con parámetros claramente definidos, es quizás cierto que el trauma pasado y las dificultades en las relaciones pueden ser, en ocasiones, un indicador clave de las actitudes teológicas de las personas. Irónicamente, a veces la mejor manera de convencer a alguien de la existencia de Dios es abstenerse de argumentar a favor de ella. A veces los argumentos de los detractores deben ser refutados, pero en otros casos se necesita valor para no atacar. En lo pastoral, uno debe leer el ambiente predominante y evaluar las opciones disponibles. Tener inteligencia emocional y social puede a veces ser más valioso que tener los mejores argumentos que la civilización ha ofrecido.
In this book we covered some of the main arguments for God’s existence, with a particular focus on contingency arguments. We carefully traced the history of these arguments and found that there is a staggering level of agreement among the greatest minds known to history on the effectiveness of such lines of reasoning. We devoted special attention to the Burhān argument formulated by Ibn Sīnā, which makes theologically and philosophically watertight arguments suitable for use in apologetic and pastoral settings. Throughout the book (and especially in chapter 5), we dealt with some of the main objections presented against the argument. We have demonstrated that virtually all these objections were in some way anticipated by the initial formulators of the argument. In addition, the book considered the so-called ‘New Atheist’ contributions to this discourse. It found that instead of providing any valuable contributions, many of these contemporary figures have only demonstrated misguided or lazy treatments of the subject matter. The failure to uncover what New Atheists say about the Burhān argument or its permutations – on the internet, in their most famous publications, or otherwise – is suggestive of the fact that such figures have never had to deal with this line of interrogation from a theist. With changing demographics and the growth of agnosticism, the stakes are too high to not introduce these types of arguments in the areas of apologetics and polemics. Considering current demographic trends, theology as a discipline itself may lose relevance (in the UK in particular), especially if the first premise of the discipline (namely, the existence of God) cannot be argued for in a proper way. Having said this, we have seen through the hypothetical scenarios in each chapter that a cold and rational approach by itself can never be sufficient. For the atheist detractor to feel truly comfortable with the arguments presented, they will usually need to feel comfortable with the person making these arguments. Despite personally being unaware of any formal psychological studies conducted on this matter with clearly defined parameters, it is perhaps the case that past trauma and relationship difficulties can sometimes be a key indicator to the theological attitudes which people have. Ironically, sometimes the best way to convince someone of God is to refrain from arguing for God’s existence. Sometimes arguments of detractors need to be attacked, but in other cases it takes bravery not to attack. Pastorally, one must read the prevailing mood and assess the available options. Being emotionally and socially intelligent can sometimes be more valuable than having the best arguments civilisation has had to offer.